Indio Solari tres meses sin latido propio

Tres meses sin el Indio Solari

Han pasado tres meses y todavía cuesta hablar del Indio en pasado. Quizás porque hay artistas que mueren y otros que, de alguna manera, dejan de pertenecer al tiempo. El Indio Solari fue un mago. Es un mago. Y esa contradicción verbal explica, tal vez mejor que cualquier otra cosa, lo que significa una pérdida colectiva.

Su ausencia constituye una de las pérdidas culturales y emocionales más profundas de nuestra historia contemporánea. Porque no se fue solamente un músico. Se fue una voz que acompañó generaciones, una manera de mirar el mundo, una poética construida desde los márgenes, desde la contradicción, desde aquello que muchas veces no podía explicarse pero sí sentirse.

La música del Indio nunca necesitó explicarlo todo. Ahí estaba parte de su magia. Sus letras podían convertirse en refugio, advertencia, pregunta o espejo. Cada uno encontraba algo distinto dentro de ellas. Una misma canción podía acompañar una celebración, una derrota, una madrugada, una ruta, un amor o una despedida.

Y alrededor de esa música nació algo todavía más difícil de reproducir: una mística.

La tribu, la familia ricotera, quedó dispersa. Cada quien intenta encontrar un pedacito del Indio en alguna parte. En nuevas letras, en otros acordes, en una voz que por un instante parece recordarlo, en una mirada sobre el escenario, en alguna frase que despierta una memoria conocida. Buscamos similitudes porque extrañamos aquello que nos hizo sentir parte de algo.

Pero parecido nunca será idéntico.

Y quizás allí esté la enseñanza más hermosa de su legado.

Cada artista tiene su propio don. Podrán aparecer nuevos magos, nuevos músicos y nuevas generaciones capaces de reunir multitudes y construir sus propias tribus. Ojalá suceda. Pero cada uno tendrá que hacerlo desde su propia impronta, porque la verdadera magia no admite copias.

El Indio fue irrepetible precisamente porque nunca intentó parecerse a nadie.

Durante décadas construyó un universo propio: palabras, símbolos, personajes, melodías, silencios y multitudes que hicieron de sus canciones una especie de territorio común. No importaba demasiado de dónde veníamos cuando empezaban a sonar determinados acordes. Por unos minutos pertenecíamos todos al mismo lugar.

Tal vez por eso su ausencia se siente de una manera tan particular. Porque cuando desaparece una figura de semejante dimensión, también parece desaparecer una parte del paisaje emocional de quienes crecieron junto a ella.

Pero las tribus no desaparecen cuando falta el mago.

Se transforman.

Hoy la familia ricotera está repartida por todas partes. Está en quien vuelve a escuchar una canción buscando descubrir una frase que antes había pasado inadvertida. Está en quienes alguna vez caminaron kilómetros para llegar a un recital. Está en las remeras guardadas, en las entradas viejas, en las anécdotas imposibles de comprobar, en los encuentros, en las rutas y en ese código silencioso mediante el cual dos desconocidos pueden reconocerse porque alguna vez sintieron lo mismo frente a una canción.

Tres meses después seguimos buscando al Indio.

Quizás tardemos mucho tiempo en comprender que no vamos a encontrarlo en otro artista.

Porque los magos verdaderos no dejan reemplazantes.

Dejan señales.

Y entonces comprendemos que tal vez no haya que buscar otra voz que diga exactamente lo mismo, ni otros acordes que provoquen exactamente aquello que alguna vez sentimos. Hay que permitir que aparezcan nuevos artistas, nuevas músicas y nuevas tribus con sus propios lenguajes.

Porque podrán venir nuevos magos.

Pero el Indio será siempre el Indio.

Y mientras alguna de sus canciones vuelva a sonar y alguien, en cualquier rincón, reconozca en esas palabras una parte de su propia historia, la familia ricotera podrá estar dispersa, pero nunca estará completamente separada.

Porque algunas músicas terminan.

La mística, no.