Salud mental y abandono: el recuerdo de Mónica Blanco en San Martín

Mientras caminaba esta mañana por Carrillo, Belgrano, San Lorenzo, San Martín y Tucumán, volvió a mi memoria el nombre de Mónica Blanco.

Mónica era lavacopas en una confitería de la Ciudad de Buenos Aires. Una mujer trabajadora que, como tantas otras, vivía al día. En aquella época hubo cortes prolongados de energía eléctrica durante semanas, y el lugar donde trabajaba dejó de funcionar. Así fue como perdió su empleo.

Al quedarse sin trabajo, tampoco pudo seguir pagando su pensión, esos lugares donde el pago se hace por día. En ese sistema, si no pagás dos o cinco días, te ponen un candado en la puerta. Y así, de un día para otro, quedás afuera.

Mónica intentó conseguir un trabajo público para poder salir adelante. Lo necesitaba con urgencia. Pero no lo logró.

Con algunos vecinos de la zona del bingo de San Martín intentamos ayudarla durante un tiempo. Entre varios le acercábamos algo de comida, alguna ayuda, lo que se podía. Años después, la municipalidad, a través del área de Desarrollo Social, hizo algo. No fue mucho, pero algo ayudó.

Sin embargo, fui testigo de algo que duele recordar.

Vi cómo, día a día, la salud mental de Mónica se fue deteriorando.

Hasta convertirse en piel y hueso, hablando sola, perdida en sus propios pensamientos. Todo esto sucedía a apenas dos cuadras de la Catedral de San Martín, frente a los ojos de todos.

Una ciudad entera pasando alrededor.

Hoy siento que es inminente revisar y modificar la Ley de Salud Mental, porque hay situaciones donde las personas quedan completamente solas frente a su deterioro.

Mónica era mujer.
Estaba vulnerable.
Y el sistema la terminó destruyendo.

En el mes de la mujer, no podía dejar de nombrarla.

Porque si conocemos al menos una historia como la de Mónica, es porque seguramente hay muchas más como ella.

Historias invisibles que caminan —o sobreviven— por las mismas calles que recorremos todos los días.