Mientras Wall Street marcaba nuevos récords esta semana y los bonos emergentes subían de manera generalizada, los activos argentinos remaron en soledad y contra la corriente: acciones y bonos encadenaron caídas casi todos los días. El detonante del optimismo global fue un dato clave, la inflación de julio en Estados Unidos, que llegó al 0,1% y alejó el fantasma de una suba de tasas de la Reserva Federal. Pero ese viento de cola no llegó a la city porteña.
En la jerga de los mercados, el fenómeno se llama risk off: los grandes bancos y brokers internacionales decidieron reducir su exposición en activos argentinos. Detrás de ese movimiento hay un dato que preocupa puertas adentro del Gobierno: la última medición de opinión pública muestra que el apoyo a la gestión de Javier Milei se mantiene estancado en el 35%, un número que empieza a complicar el horizonte electoral de 2027.
El riesgo país volvió a subir y el Merval perdió pisos clave
El dato llama la atención porque coincidió con una temporada de balances empresariales sólida. Las petroleras mostraron ganancias récord por el aumento del crudo y el crecimiento de las exportaciones, Supervielle reportó una ganancia de 12.000 millones de pesos tras un primer trimestre en rojo, y Telecom se benefició de las sinergias tras la compra de Telefónica. Sin embargo, ni siquiera esos números alcanzaron para sostener al mercado: el S&P Merval medido en dólares cayó hasta los 1.865 puntos, lejos de los 2.200 que había tocado a comienzos de año, y las acciones del sector financiero acumulan bajas de entre el 15% y el 20% en dólares en el último mes.
El aumento de la morosidad también empezó a pesar en el humor inversor, aunque con matices. En el sistema bancario tradicional la cartera morosa no supera el 8%, lejos de representar un riesgo sistémico. El problema es más agudo entre los tomadores de créditos en fintechs, sobre todo entre los menores de 25 años, donde la mora creció con fuerza.
Sin «Plan Platita»: el Gobierno apuesta a dólares para bancos y al FGS
Con la billetera más ajustada que en 2023 y sin margen para repetir un esquema de emisión monetaria como el de aquel año, el equipo económico busca otras vías para reactivar la actividad antes de las elecciones. Una de ellas ya se puso en marcha: flexibilizar el límite para que los bancos presten en dólares a empresas que no generan divisas, hasta un 15% de los depósitos, lo que podría volcar unos USD 6.000 millones en financiamiento.
La medida no cayó bien entre todos los economistas cercanos al oficialismo. El ex presidente del Banco Central Guido Sandleris la calificó directamente como «una mala idea», porque, según dijo, «se debilita una de las pocas reglas que funcionó durante más de dos décadas con el fin de expandir el crédito ante una necesidad coyuntural». Distinta es la postura de otro ex titular de la entidad, Martín Redrado, que ya se había manifestado a favor de revisar esa restricción.
El Gobierno también evalúa utilizar una porción de los recursos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la Anses para reactivar el crédito hipotecario, a través de depósitos a largo plazo en bancos que luego financien la compra de viviendas.
En paralelo, el tablero político se mueve: el oficialismo y el PRO buscaron mostrar sintonía de cara a 2027 con el aval de Mauricio Macri, mientras que del otro lado se reavivó el vínculo entre Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner, con la idea de confluir en una candidatura unificada. Ambos polos comparten un mismo problema: tanto Milei como los principales referentes del kirchnerismo tienen un rechazo que supera el 50% de la sociedad, lo que deja una ventana abierta para terceras opciones.
